Círculo de apoyo a las tradiciones de Buriatia

A principios de siglo, el budismo aposentado en las inmensas tierras de Asia Central quiso llegar a Europa. Su área de influencia fue hasta entonces una relación de tierras herméticas: Tíbet, Mongolia, Tuva, Calmukia, Buriatia. Fue ese un tiempo en el que cada religión parecía conformarse con su lugar en la tierra. Los musulmanes vitalizaban sus escuelas en las orillas del mar Negro, del mar Caspio y del mar de Aral. En los extremos de oriente el budismo zen cuidaba a sus discípulos, compartiendo con confucianos y taoístas los emblemas de una tradición remota. Incorporadas al legado patriótico de las naciones insurgentes, fueron algo más que un rezo una salmodia. Evocación poética de una grandez imaginaria, refugio para el miedo, consuelo de promesas incumplidas, estandarte de maltrechas identidades.

En aquella década, el lama Dorzhiev, un personaje que había obtenido notoriedad e influencia en los azarosos palacios del zar, consiguió autorización para construir en los jardines de San Petersburgo un templo budista. Fue levantado para que el lama buriato Dorzhiev anunciara la llegada del budismo siberiano a Europa. Veintitrés siglos antes, el budismo meridional, en los calurosos contornos del trópico de Cáncer, había montado en los caballos de Alejandro para discutir en Alejandría con los gnósticos. Pero esta ruta sureña se perdió entre las ruinas de aquel mundo.

En el siglo XIX la Sociedad Geográfica exploraba con firmeza las soledades asiáticas y en sus salones se leían los informes de sus exploradores y científicos. El príncipe Kropotkin fue uno de los ilustres disidentes de la Corte, que se comprometió con las revisiones sociales del siglo y con las pasiones de la ciencia.

Kropotkin exploró Siberia y el país buriato. Trazó la apertura de nuevas vías de comunicación y levantó la cartografía de los montes Sayanos, donde una montaña lleva hoy su nombre. Sus itinerarios cruzaron Buriatia. Una región que entre el lago Baikal y el desierto del Gobi, se convirtió en el engarce entre oriente y occidente.

La suya no era una frontera geográfica, sino política. La expansión de la Rusia europea alcanzó estos confines y los dispuso como su atalaya oriental. Un lugar para mercaderes, exploradores, disidentes religiosos, deportados políticos y tropas de vigilancia. Buriatia fue acumulando en su memoria el paso de estos hombres.

En la capital de Buriatia, Ulán-Udé, se levantan las descomunales proporciones de un monumento excesivo: la cabeza gigante de un Lenin que sonríe sobre un pedestal de piedra. La marca solemne de una época. La gente pasea, soporta las privaciones, trabaja. La ciudad parece una inmensa sala de espera. Silenciosa y disciplinada hojea las revistas antiguas que caen en sus manos, sin prestar demasiada atención a lo que fue escrito. Están preparados para seguir perdiendo el tiempo.

En el monasterio budista de Ivolgá, al sur de la capital, un anciano lama de noventa y cuatro años conserva erguida su columna vertebral. Le acompaña el joven monje que lo asiste y unos devotos que lo escuchan con veneración. El lama parece haber perdido volumen físico y su cuerpo ha reducido sus dimensiones con una gran elegancia y proporción. Su respuesta es rápida y sus palabras intensas. Se ciñe a la cuestión y balancea su cabeza con un benévolo gesto de ironía. Puede recordarlo y contarlo todo con claridad. Su nacimiento, sus estudios como joven novicio, y, de repente, la llegada de las tropas bolcheviques. El fusilamiento de los lamas, el incendio de los monasterios, el campo de concentración, las torturas. Los años de confinamiento, la persecusión, el miedo en la cara de la gente, la humillación de los venerables monjes, la retórica del nuevo régimen, el régimen de trabajos forzados, la soledad de Siberia y la vigilancia policial, la movilización para la guerra. Su boda, sus hijos, sus nietos, y al final de la vida, con la perestroika, su inmediato retorno al templo restaurado. Se ha vestido con el hábito que nunca se hubiera quitado de encima. Ha vuelto a casa.

¡Yo que pongo resplandor

Con mis cuarenta y nueve espejos!

Tengo un corazón en bronce colado,

Una lengua de bronce y de zinc,

¡Yo, el supremo señor Bargulzhin!

Cantos de chamanes buriatos

El budismo en Buriatia consuma la larga odisea geográfica que se inició en la India del Sur. La llegada del lamaísmo a Buriatia fue tardía, a lo largo del siglo XVII, pero forma parte del impulso estrenado por Padhmasambava en el siglo VIII, cuando esparció por el Tíbet las renovadoras síntesis del budismo meridional. El proceso de instalación religioisa en Buriatia puede entenderse, como en el resto de las tierras asiáticas mencionadas, como un juego de abosorciones entre las diferentes escuelas budistas y la tradición popular del chamanismo, que daba forma al espíritu religioso local.

En el budismo buriato, mongol y tibetano perviven reveladoras tradiciones medicinales, instrucciones psicológicas de gran utilidad terapéutica y el vigor de un diálogo permanente con la muerte reconocida. La fisiología mística de los trazados de yoga y la imaginería artística cumplen el aspecto de una práctica religiosa profundamente arraigada en la conciencia de los pueblos asiáticos.

La catarsis, esa purificación inteligente de las pasiones, ha sido en Buriatia, como en Tíbet y Mongolia, un acto de representación teatral. El Tsam, la danza de los monjes disfrazados y enmascarados, anuncia al público la aparición de los misterios religiosos. Concebidos como suceso interior, estos sellos herméticos guían la inspirada ensoñación de los humanos, ordenan los mundos que están en este y nombran los presentimientos que alientan la vida del sueño. Como lección, las escenas teatrales enseñan a la multitud pautas de conducta ejemplar, señalan la frontera entre el bien y el mal y dictan la esmerada oración privada con lo inefable. La tradición del Tsam erigía en los monasterios de Buriatia el poder de seducción de unas imágenes ancestrales, cuyo acto primigenio sólo puede encontrarse en los confusos orígens de la fundación.

La encarnación de las fuerzas de la naturaleza, la secreta identidad de los animales y la ira de las divinidades, fueron puestas en escena bajo la máscara del enigma.

El enigma se extiende implicando a los animales. Herencia chamánica, sin duda, pero intuición esencial del mismo misterio. Contemplación pasmada de un gran ciervo. La inminencia de una personalidad. La fuerza de la naturaleza y la encarnación del ensimismamiento. El animal está en sí mismo. El hombre de todas las épocas lo ha comprendido. Lo ha cazado y se lo ha comido, se ha disfrazado con sus pieles y no por necesidad. Algo está ahí dentro palpitando, algo que al hombre se le ha escapado, algo que quiere atrapar. Lo caza, lo mata, se lo come y se viste con sus pieles, pero lo esencial se escurre y desaparece. El hombre entonces imita al animal. Observa su cortejo nupcial y crea la primera pantomima. Ha nacido el teatro. El chamán mira la danza guerrera de los ciervos y sus ojos descubren el espectáculo que lo hipnotiza. Con la imitación descubre en su cuerpo matices inéditos y sospecha el mito de la transformación. Ha nacido la danza sagrada.

El propósito del Tsam envuelve a todos por igual. Crea una atmósfera, como suele decirse. Pero la música, la danza, los recitados, son la sustancia tangible de un nuevo estado. La conciencia retiene lo que puede, pero la corriente no deja de fluir.

 

Basilio Baltasar. Revista Bitzoc literatura, 1994.

 

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